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Los años pasan, pero las películas de Bud Spencer y Terence Hill siguen tan frescas como el primer día. Sus peleas sin sangre, con el sonido inconfundible del puñetazo y el personaje malo cayendo tras el golpe, son un sello de identidad que no ha envejecido mal, sino que se ha convertido en un bálsamo nostálgico. Ofrece clásicos fundamentales como Le llamaban Trinidad
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El coloso gruñón, de fuerza descomunal, que solo quería comer tranquilo y que repartía bofetadas a mano abierta con un sonido icónico. de fuerza descomunal